Esa mala costumbre de querer ser los primeros en llegar al cementerio

La señorita se acerca al counter que se encuentra junto a la puerta de abordaje. Algunas personas de ponen de pie e inician la fila. Ella nos indica que en 8 minutos nos llamará para formar filas. Varias otras personas se unen a las filas ya existentes.

Llega la hora de bajar. nos piden que no nos desabrochemos los cinturones hasta que el avión se encuentre completamente detenido. Algunos ya están de pie. Apenas se detiene, empieza la lucha por el espacio. Quienes lo logran (recuerden que entran más personas sentadas que de pie, probablemente de cinco a seis veces más, según mi cálculo a mano alzada) abren los compartimentos y sacan sus maletas y otros bultos. La procesión por salir. El deseo de ser primeros.

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Lo mismo ocurre en medio del tráfico, con ese personaje que toca la bocina insistentemente para que avances, sin darse cuenta que tienes un muro compacto de autos de varias decenas de metros por delante, y que lo que te exige no llega a ser ni una buena broma.

Igual en esa cola en la que alguien busca al amigo que está más adelante, y empieza a conversar con él animadamente, mientras se acerca hasta quebrar la invisible membrana de su espacio personal. “Yo estaba contigo, ah”, dice en voz baja mientras sonríe. La complicidad tiene sabor dulce.

Y así sucede con esos conductores que ocupan dos espacios de un estacionamiento, o peor aún, toman por asalto el espacio reservado para personas discapacitadas.

Están todos apurados. Todos quieren llegar. Todos tienen que estar antes. Ninguno tiene tiempo. Ninguno está para perderlo. Quizás por eso amamos a los velocistas, a los trenes bala, a la veocidad de la luz (despreciando la del sonido una vez que surge la odiosa comparación), a los microprogramas con microcapítulos de YouTube, a los libros resumidos, a las infografías compactas, a los fast fods, fast tracks, Fast and the Furious.

Me encanta repetir la frase con que inicia un hermoso libro de mi modesta colección sobre el tema: “Existe una única verdad que compartimos todos los seres humanos, y es que el preciso momento en que llegamos a este mundo, es el preciso momento en que empezamos a morir.

¿Tanta desesperación por llegar rápido, nos acercará a esa meta final a la que estamos predestinados? Probablemente sí. ¿Será que se están agotando los mejores lugares en el cementerio? ¿Los turnos en el juicio de los justos? ¿Los cupos en el servicio de barcazas que cruzan la laguna Estigia?

Yo la verdad no tengo apuro, y prefiero pasar despacio, sin sonido alguno, y quizás, de alguna forma, engañar al enterrador con el que todos tenemos una cita ya pactada, como dice Morrissey.

No quiero ser el más rico del cementerio. Tampoco quiero ser el primero en llegar.

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